En 2005, dos físicos climáticos, David Frame y Myles Allen, tropezaron con un gran avance mientras viajaban a una conferencia en el Reino Unido. Estaban trabajando con un modelo climático cuando cambiaron el enfoque convencional para estabilizar las temperaturas globales: en lugar de centrarse en cuánto gas de efecto invernadero había en la atmósfera, preguntaron qué pasaría si las emisiones causadas por el hombre simplemente se detuvieran. La respuesta fue sorprendente.
¿El hallazgo clave? El calentamiento global se detendría una vez que se alcanzaran las emisiones de carbono “netas cero”. Esto significaba que cualquier emisión humana restante tendría que compensarse con una cantidad equivalente de eliminación de carbono de la atmósfera.
Antes de esto, el pensamiento predominante era que se podría tolerar cierto nivel de emisiones actuales (alrededor del 6% del total actual) manteniendo las temperaturas estables. Pero el concepto de cero emisiones netas, detallado en un artículo de Nature de 2009, cambió fundamentalmente la conversación.
De la curiosidad científica a la política global
La idea ganó fuerza rápidamente. En 2014, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) adoptó el cero neto como conclusión central en sus informes. La siguiente pregunta fue cuándo se debería alcanzar este objetivo. Mientras las investigaciones destacaban los riesgos de superar los 1,5°C de calentamiento, el Acuerdo de París de 2015 fijó el objetivo de lograr emisiones netas cero para mediados de siglo.
Las implicaciones fueron inmediatas. Los gobiernos, corporaciones e instituciones financieras de todo el mundo comenzaron a adoptar compromisos de emisiones netas cero, impulsados tanto por preocupaciones ambientales como por oportunidades económicas emergentes en energía limpia.
Un legado mixto
Si bien el marco de emisiones netas cero ha acelerado la acción climática, no ha estado exento de fallas. Muchas promesas se basan en gran medida en planes poco realistas de eliminación de carbono, como depender de los bosques para absorber la contaminación a tasas insostenibles. Sin embargo, el impacto es innegable: actualmente, aproximadamente tres cuartas partes de las emisiones globales están cubiertas por compromisos netos cero. Los modelos climáticos ahora proyectan un calentamiento de 2,4°C-2,6°C según las promesas actuales, una mejora significativa con respecto a las proyecciones previas a París de 3,7°C-4,8°C.
El cambio hacia el cero neto representa uno de los cambios más significativos en el pensamiento climático de las últimas décadas, nacido de un simple experimento mental en un tren.
El concepto, que alguna vez fue una idea de nicho, ha remodelado las políticas y las estrategias comerciales globales, empujando al mundo hacia un futuro energético más limpio.
